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26/10/24

A propósito del discurso de Ana Blandiana, premio Princesa de Asturias de las Letras 2024

La poesía es, a veces, rascar hasta levantar la piel para provocar dolor 
y terminar con la picazón desesperante que no descansa, 
y encontrar en ello alivio. 
Es despertarse a latigazos de una vida insoportablemente adormecida. 
Y así, despierto y dolorido, volver a sentir cómo entra el aire. 
Hasta volver a quedar dormido.

31/12/23

La fortuna y la desdicha

     He aquí una de esas dualidades paradójicas que tanto interés despertaban a nuestro viajero. A pesar de ser consciente de lo afortunado que había sido en los últimos tramos de su viaje, se había sentido desdichado con frecuencia. “¿Por qué la fortuna no siempre trae la dicha?”, se preguntaba en sus noches de insomnio. Y decidió rememorar las razones de su fortuna para ver si los soplos de vida que las acompañan ayudaban a despejar los nubarrones de tormenta. 

Lo primero que le vino al corazón fue la generosa ración de afecto que no faltó ningún día de camino; y el aliento de todas esas personas se transformó en brisa que salpicó de claros el cielo. ¡Qué bien sienta algún rayo de sol en la cara en los días de invierno! Afortunado aliento.

Tampoco este tiempo había estado falto de aprendizajes, lo que le resultaba francamente estimulante. Aprendió que el camino más corto no siempre te hace llegar antes; hay obstáculos que merece la pena rodear y guardar fuerzas para los que no se pueden esquivar. Aprendió, con mucho esfuerzo, que si no quería caminar solo, tendría que caminar al ritmo del más débil; y disfrutó alegrías que sólo una mente menos exigida se puede permitir. Aprendió que elegir atravesar el camino del dolor con las personas adecuadas es una de las mejores decisiones que uno puede tomar; el tiempo no cura nada, es lo que decides hacer con él. Y aprendió mil cosas más, y su cuerpo respondía al ejercicio y mejoraba el ánimo, y sus manos volaron sobre las teclas como nunca antes,… un presente afortunado, sin duda. ¿No debería ser suficiente para borrar de una vez las nubes?

“Quizá el problema no está en el presente, donde sí está la fortuna”, reflexionó. Y entendió que las huellas de tantos años vividos le habían conformado de tal modo que su ser se revelaba ante cualquier nueva forma de vivir, por afortunada que fuese. Que, a pesar de haber transitado el dolor y haberlo tornado en recuerdo agradecido, había algo muy profundo que sufría por no poder seguir instalado en lo tan largamente conocido. Que las heridas que dejaron las partes cercenadas necesitaban un tiempo que no se puede acelerar a voluntad, pero que sólo las curas constantes con cariño y consideración conseguirían una cicatriz hermosa, que duela lo justo para no olvidar, pero no lo suficiente para no dejar vivir. 

  Entendió de este modo que, para la siguiente etapa, debería ser constante en los cuidados, paciente en los desvelos e indulgente en los fracasos. Y no olvidar los tiempos para la alegría y para la escritura (que, como decía Hemingway, es sólo sentarse ante la máquina de escribir y sangrar).

Feliz 2024, cada uno desde su camino.  


4/8/23

El viento del norte

    El viajero ya conocía esto. Nació en un lugar donde el viento del norte se lleva la niebla en verano. La humedad no sofoca y el aire refresca. Como también ocurre con el sol de invierno en las tierras del interior, el calor y el frío se alían de una forma tan especial que se calientan los huesos y no se quema la piel. Pero en el litoral más sentidos se avivan: el viento del norte se oye, hay quienes también dicen escucharlo, y, sobre todo, se ve mucho más allá. Para el que gusta de mirar lo lejano, es un amigo siempre bienvenido. Se ha llevado la bruma que solo permite mirar en corto y amplía el campo de visión. El paraíso de los curiosos. 

    Y cuentan que el viajero volvió al punto de partida y, en un día de viento norteño, pudo observar el otro lado de la ría con una escrutadora nitidez. Allí estaban los montes que separaban las huellas de los dedos del dios que, según cuenta la leyenda, creó aquellas rías al apoyar su mano el séptimo día y por fin descansar. Sin embargo, ya no todo el monte era bosque. Ya casi había olvidado que el fuego de los años pasados había dejado grandes zonas de monte yermo. 

    Como en la vida, si bien la niebla no te deja ver, la certeza no te deja olvidar. 




26/9/08

Educar, conducir... navegar. Y navegar.

Así fue como Elisewin descendió hacia el mar del modo más dulce del mundo -sólo la mente de un padre podía imaginarlo-, llevada por la corriente, a lo largo de la danza hecha de curvas, pausas y titubeos que el río había aprendido en siglos de viajes, él, el gran sabio, el único que sabía el camino más hermoso y dulce y apacible para llegar al mar sin hacerse daño. Descendieron, con esa lentitud decidida al milímetro por la sabiduría materna de la naturaleza, introduciéndose poco a poco en un mundo de olores de cosas de colores que día tras día desvelaba, lentísimamente, la presencia lejana, y después cada vez más próxima, del enorme regazo que los esperaba. Cambiaba el aire, cambiaban las auroras, y los cielos, y las formas de las casas, y los pájaros, y los sonidos, y las caras de la gente en las orillas, y las palabras de la gente en sus bocas. Agua que se deslizaba hacia el agua, galanteo delicadísimo, los meandros del río como una cantinela del alma. Un viaje imperceptible. En la mente de Elisewin, sensaciones a millares, pero ligeras como plumas en vuelo.
Todavía hoy, en las tierras de Carewall, relatan todos aquel viaje. Cada uno a su manera. Todos sin haberlo visto nunca. Pero no importa. No dejarán nunca de relatarlo. Para que nadie pueda imaginar lo hermoso que sería si, para cada mar que nos espera, hubiera un río para nosotros. Y alguien -un padre, un amor, alguien- capaz de cogernos de la mano y encontrar ese río -imaginarlo, inventarlo- y de depositarnos sobre su corriente, con la ligereza de una sola palabra, adiós. Eso, en verdad, sería maravilloso. Sería dulce la vida, cualquier vida. Y las cosas no nos harían daño, sino que se acercarían traídas por la corriente, primero podríamos rozarlas y después tocarlas y sólo al final dejar que nos tocaran. Dejar que nos hirieran, incluso. Morir por ellas. No importa. Pero todo sería, por fin, humano. Bastaría la fantasía de alguien -una padre, un amor, alguien. Él sabría inventar un camino, aquí, en medio de este silencio, en esta tierra que no quiere hablar. Camino clemente, y hermoso. Un camino de aquí al mar.

Alessandro Baricco. Océano mar.

26/8/08

Una lectura que merece la pena

Es un hecho maravilloso y digno de reflexionar sobre él, que cada uno de los seres humanos es un profundo secreto para los demás. A veces, cuando entro de noche en una ciudad, no puedo menos de pensar que cada una de aquellas casas envueltas en la sombra guarda su propio secreto; que cada una de las habitaciones de cada una de ellas encierra, también, su secreto; que cada corazón que late en los centenares de millares de pechos que allí hay, es, en ciertas cosas, un secreto para el corazón que más cerca de él late.

Charles Dickens. Historia de dos ciudades.

Reflexiones e intuiciones de un caminante y compañero de caminos. Ideas que me hacen crecer.