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24/11/10

El foso

En mi escuela había un teatro. La primera vez que entré, me llamaron la atención sus dimensiones: un inmenso patio de butacas verdes, muy antiguas, algunas destartaladas, y un gran escenario al fondo. Siempre que entro en un teatro se me encoge el estómago y el corazón se me acelera al imaginar el torrente de emociones que se puede desatar en cientos de personas al unísono, una impresionante obra coral también en el patio de butacas. No fue ese día una excepción. Mientras iba avanzando por el pasillo central mi pulso seguía in crescendo cuando, sorprendido, lo vi. ¡El escenario del teatro de mi escuela tenía foso! Generoso, como todo en aquella sala. ¡Allí podría caber toda una orquesta! Si en los pocos minutos que llevaba allí ya había imaginado fantásticas posibilidades, ahora lo fantástico podría ser sublime. No importaba si se llegaría a utilizar o no, pero era posible. Algo sublime era posible en mi escuela, ¡teníamos un foso! ¡un foso para toda una orquesta! Un foso para soñar despiertos.

Pasó el tiempo y se pensó en mejorar y modernizar la escuela. Se reformaron aulas, instalaciones, y le llegó la hora al teatro. Todavía recuerdo la ilusión con la que el rector se dispuso a enseñarme el nuevo salón de actos, con sus nuevas butacas, sus nuevas paredes, sus nuevos recursos audiovisuales, su reformado escenario,… Todavía tengo impresa en el alma la inmensa tristeza que me invadió cuando vi que ya no estaba, que el nuevo escenario lo había sepultado. ¡Habían eliminado el foso! y con él, la esperanza de que algo sublime podría haber pasado. Aunque no pasase nunca. Tenemos un moderno salón de actos donde se celebran grandes congresos, y eso está muy bien. Pero no tenemos foso. Se acabó el sueño.

Y sé que mi escuela debe funcionar y ser útil. Y sé que mi escuela tiene que vivir la realidad de su tiempo, pero no tiene por qué destruir los sueños de todo tiempo. ¡No quiero una escuela cuyo teatro se haya quedado sin foso! Tampoco quiero que el escenario de mi vida carezca de él.

Feliz Semana de Calasanz.

25/11/08

Orientándonos

Los tres inventos decisivos para el paso de la Edad Media a la Edad Moderna fueron la pólvora, la brújula y la imprenta. La pólvora permitió acabar con los castillos, con el feudalismo; la brújula permitió las grandes navegaciones, poder cruzar los océanos y la imprenta permitió la difusión de las ideas. Pues resulta que los chinos tenían esos tres inventos desde mucho antes, pero no usaban la pólvora para la guerra sino para fuegos artificiales. Para un chino batirse con un artefacto tan ordinario como la pólvora era un acto indigno de un ser humano. La brújula también la conocían pero no la usaban, porque según su concepción de la vida, todo lo que necesitaban lo tenían dentro, ¿para qué salir? No sentían la menor necesidad de cruzar océanos para conquistar nuevos mundos. [...]
Y en cuanto a la imprenta, los chinos usaban unos bloques de madera para la impresión, pero el arte de la caligrafía les parecía algo muy superior y tan extraordinario que lo preferían mil veces a la tosquedad de la huella de los bloques.

José Luis Sampedro, en La ciencia y la vida.

26/9/08

Educar, conducir... navegar. Y navegar.

Así fue como Elisewin descendió hacia el mar del modo más dulce del mundo -sólo la mente de un padre podía imaginarlo-, llevada por la corriente, a lo largo de la danza hecha de curvas, pausas y titubeos que el río había aprendido en siglos de viajes, él, el gran sabio, el único que sabía el camino más hermoso y dulce y apacible para llegar al mar sin hacerse daño. Descendieron, con esa lentitud decidida al milímetro por la sabiduría materna de la naturaleza, introduciéndose poco a poco en un mundo de olores de cosas de colores que día tras día desvelaba, lentísimamente, la presencia lejana, y después cada vez más próxima, del enorme regazo que los esperaba. Cambiaba el aire, cambiaban las auroras, y los cielos, y las formas de las casas, y los pájaros, y los sonidos, y las caras de la gente en las orillas, y las palabras de la gente en sus bocas. Agua que se deslizaba hacia el agua, galanteo delicadísimo, los meandros del río como una cantinela del alma. Un viaje imperceptible. En la mente de Elisewin, sensaciones a millares, pero ligeras como plumas en vuelo.
Todavía hoy, en las tierras de Carewall, relatan todos aquel viaje. Cada uno a su manera. Todos sin haberlo visto nunca. Pero no importa. No dejarán nunca de relatarlo. Para que nadie pueda imaginar lo hermoso que sería si, para cada mar que nos espera, hubiera un río para nosotros. Y alguien -un padre, un amor, alguien- capaz de cogernos de la mano y encontrar ese río -imaginarlo, inventarlo- y de depositarnos sobre su corriente, con la ligereza de una sola palabra, adiós. Eso, en verdad, sería maravilloso. Sería dulce la vida, cualquier vida. Y las cosas no nos harían daño, sino que se acercarían traídas por la corriente, primero podríamos rozarlas y después tocarlas y sólo al final dejar que nos tocaran. Dejar que nos hirieran, incluso. Morir por ellas. No importa. Pero todo sería, por fin, humano. Bastaría la fantasía de alguien -una padre, un amor, alguien. Él sabría inventar un camino, aquí, en medio de este silencio, en esta tierra que no quiere hablar. Camino clemente, y hermoso. Un camino de aquí al mar.

Alessandro Baricco. Océano mar.

28/10/07

La escuela en la que creo (4 y final, de momento) - una clara identidad

El asunto de la identidad es para mí imprescindible. Uno de los factores más educativos que conozco es la coherencia personal, pero aún es más potente la coherencia de un colectivo. Y no sólo desde parámetros de eficacia sino como signo inequívoco de que la comunión es posible, de que un conjunto de personas auténticas pueden formar una comunidad también auténtica sin necesidad de dejar de ser cada uno quien es.
Abordar las características de la buscada identidad es delicado. Supongo que uno puede intuir por dónde puede ir a la vista de todo lo escrito hasta ahora, pero no voy a dar una descripción detallada ya que, si realmente estamos dispuestos a lograr una identidad compartida, no la podemos definir previamente. He vivido la experiencia de los que intentan este consenso desde la fórmula de yo pongo las normas y te invito fraternalmente a que las acates y seas uno conmigo: qué gran engaño para todos, muchas veces con la mejor de las intenciones (y la peor de las inconsciencias). Sólo siendo absolutamente consciente de que conseguir una identidad colectiva conlleva una sincera apertura al cambio, ésta se puede alcanzar. No se consigue negociando y cediendo, sino escuchando y convergiendo "el viento sopla donde quiere y tú oyes su silbido; pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así le sucede al que ha nacido del Espíritu."
Alguna persona podrá pensar que mi propuesta es demasiado indeterminada, sí entiendo que debe haber un núcleo común de partida, también para ayudar a la clarificación de los que quieran unirse al proyecto. No se puede cambiar drásticamente de proyecto cada vez que llegue alguien nuevo. Sin embargo, es necesario un trabajo muy intenso para conseguir la convergencia de todos al proyecto común; cambiando adoctrinamientos por vivencias compartidas y ayudando siempre a discernir a la persona dónde está su sitio. No creo que haya una sola identidad válida y uno debe encontrar la suya.
Este planteamiento limita drásticamente las posibilidades de adhesión, ya que las líneas a seguir deben permitir esta plasticidad en la génesis del proyecto. Desde mi limitado conocimiento, la persona que mejor ha conjugado estos valores, que supo hacer comunidad y no gregarismo, que consiguió autoridad y permitió y fomentó que las personas crecieran en libertad, es Jesús de Nazaret. Creo en un escuela que busca su identidad a la luz del Evangelio de Jesús y, sobre todo, a la luz del modelo de relación personal que él propone y practica con maestría. Otra orientación más reciente pero, a mi juicio, con grandes similitudes en lo que a la relación se refiere, es la orientación centrada en la persona (iniciada por Carl Rogers). Existen experiencias muy interesantes en educación siguiendo esta orientación y creo que también me sentiría cómodo con este referente, aunque me faltaría algo.
Aquí termino, de momento, mi reflexión acerca de la escuela. Ya me satura tanta idea.

12/10/07

La escuela en la que creo (3) - abierta a la espiritualidad

Es una consecuencia de todo lo anterior. Si la relación se da entre personas auténticas, se dará entre personas completas, desde sus dimensiones cognitiva, afectivo-emocional y, sin duda alguna, espiritual. No todas las personas tienen creencias religiosas -ni creo que sean imprescindibles para el acontecer de Dios- pero, de una u otra forma, todos manifestamos una dimensión espiritual que se abre a las preguntas que sobrepasan la razón (meta-cognitivas dicen algunos), al SENTIDO de la vida, a la dolorosa FINITUD.
Creo en una escuela valiente que afronta sin miedos ni prejuicios esta dimensión. Una escuela que no cae en la trampa de que es un ámbito privado, que defiende una supuesta "libertad" para esta dimensión y no para las otras. Un educador de la escuela en la que creo nunca atropellará la libertad de nadie, en ningún ámbito. Como mucho, y ya es mucho, propone. Ha aprendido que su vida es su magisterio y no utiliza métodos "invasivos". Pero no evita hablar de una parte importante de su ser; no se cercena una porción de sí mismo para entrar a un aula.
Y desde los más pequeños; los niños no son inválidos y mucho menos en su espiritualidad. Lo puedo ver cada día en la vida de mi hija. Se hacen miles de preguntas a las que tendemos a dar respuestas que ni nosotros mismos tenemos, con resultados a veces insultantes para la inteligencia humana. Creo en una escuela con capacidad de escuchar y acompañar las dudas y a sus dueños. ¿Por qué admitimos entre adultos que no hay respuestas seguras pero nos conformamos con chapuzas para los niños? La PERSONA no depende de una coordenada temporal, lo es porque ES.

13/9/07

La escuela en la que creo (2) - una relación arriesgada

La siguiente pregunta que nos podemos hacer es qué tipo de relación personal necesita la escuela en la que creo. El propio calificativo de personal indica muchas cosas, pero quiero explicitar algunas:

  • Hablo de una persona que se recrea permanente. Ni yo soy el mismo de ayer, ni mi alumno, ni mi hermano,... y esto tiene consecuencias: acoger al otro -y aceptarlo también en mí- como alguien siempre nuevo, como una oportunidad continua. No se trata de ingenuidad, pero los milagros no ocurren cuando uno no está abierto a que sucedan "tu fe te ha salvado...".
  • Hablo de una única manera de relacionarse. Sólo hay un yo auténtico, por lo que no puedo reacionarme desde un lugar diferente con un niño, un padre, un compañero, un superior. Las consecuencias institucionales son considerables: hay diferentes personas que desempeñan diferentes funciones, esto clarifica y ayuda, pero las funciones no forman parte de lo que la persona es sino de lo que la persona hace. Ojalá que cuando hablemos de un "director", por ejemplo, siempre sea una forma más corta de decir una persona única que en este momento desarrolla una función directiva, y no otra cosa. Cuando el rol sustituye a la persona la aniquila, así de sencillo.
  • "Dios nos hizo con dos orejas y una boca...". Una relación en la que predomina la escucha atenta a lo que el otro quiere comunicar, dejando aparcado por un momento mi propio discurso. Mi experiencia personal es que esto es sumamente transformador; llega un momento en el que nadie interrumpe a nadie, hacen falta unos instantes para retomar tus ideas cuando el otro ha terminado, o no se estaba escuchando.
  • Una relación en la que existe una sana curiosidad por el mundo interior del otro, más que por sus ideas o proyectos.

Es necesario recordar que todas las relaciones educan por contagio. El educando vive sus propias relaciones y constantemente interioriza lo que ve en las relaciones de las personas que le rodean. La escuela en la que creo educa como testimonio de una forma de ser -y todas las escuelas educan, todas conducen, el caso es a dónde-. Por eso no es cuestión sólo de formación, ni de hacer un extraordinario esfuerzo de control de mi conducta durante unas horas al día. Eso no funciona. No se trata de habilidades sociales a entrenar, es necesario un proceso de crecimiento arriesgado y costoso. Es un profundo acto de fe, en la vida, en el ser humano, en mí mismo. Más fácil es creer en un dios que se limita a una idea, religiosa o no. Pero el evangelio es otra cosa "el que cree en mí cree en el que me ha enviado...". Veremos.

25/8/07

La escuela en la que creo (1) - educar es relación

Creo que las instituciones son medios y no fines. Las instituciones educativas no son una excepción. Estoy convencido de que la relación, inter e intrapersonal, es la única forma de educar. Luego la escuela en la que creo es un medio para propiciar relaciones con el objetivo de educar. No se puede llenar un almacén cuyas puertas están cerradas, no se puede llenar de conocimientos una persona que cierra sus puertas. Hay relaciones que abren puertas, otras las cierran.
La educación en la que creo tiene el objetivo de ayudar a los individuos a ser persona. Luego las relaciones necesariamente han de ser personales, es decir, de persona a persona. A quien se educa desde un rol se le niega la posibilidad de ser una persona auténtica. "Un respeto, que soy tu padre...", "yo soy el profesor y se hace lo que yo diga...". La autoridad no se exige, la otorga el otro.
Tengo una gran noticia. Liberadora, evangélica, calasancia. No es necesario ser una buena madre o un buen padre, un buen educador o educadora. Sólo hay que SER lo que uno es, sin calificativos, "y el resto se os dará por añadidura". Así de fácil, así de difícil.
Feliz día de Calasanz.

Reflexiones e intuiciones de un caminante y compañero de caminos. Ideas que me hacen crecer.