Charles Dickens. Historia de dos ciudades.
Reflexiones e intuiciones de un caminante y compañero de caminos. Ideas que me hacen crecer.
26/8/08
Una lectura que merece la pena
Es un hecho maravilloso y digno de reflexionar sobre él, que cada uno de los seres humanos es un profundo secreto para los demás. A veces, cuando entro de noche en una ciudad, no puedo menos de pensar que cada una de aquellas casas envueltas en la sombra guarda su propio secreto; que cada una de las habitaciones de cada una de ellas encierra, también, su secreto; que cada corazón que late en los centenares de millares de pechos que allí hay, es, en ciertas cosas, un secreto para el corazón que más cerca de él late.
4/5/08
Lo que hoy es Betania para mí
Para mí, Betania es un momento. Un momento deseado y esperado. Un momento que anticipo con un hormigueo en el estómago. Un momento que me da seguridad para el resto de momentos. Y, cuando llega, un momento real, consciente, casi siempre limpio. Un momento que frecuentemente me gustaría dilatar.
Para mí, Betania es una certeza. Una certeza que no necesita de proyectos que proyectan. Una certeza irracional y razonable. Una certeza que moviliza mi energía y la hace productiva. Una certeza que me hace valiente.
Para mí, Betania es fluir. Un fluir identificado e identificable, pero indefinido e indefinible. Un no dejar de avanzar sin dejar de estar en el sitio. Un fluir que es la aceptación del cambio e incluso, cada vez más, la celebración del cambio.
Para mí, Betania es una fiesta. Una fiesta alegre siempre que se puede y, cuando no, una fiesta oportuna, adecuada, especial cada vez. Una fiesta incontenible y con sentido.
Para mí, Betania es escucha. Una escucha atenta y de gran presencia. Una escucha aportada y recibida. Una escucha interna y externa que me mantiene en contacto con mi maestro interno y con los varios y variados rostros del Maestro, aunque acaso sea uno solo.
Para mí, Betania es una prueba. Una prueba constante que me incomoda y me desestabiliza. Una prueba que me mantiene alerta. Una prueba que, en ocasiones, me hace temerme a mí mismo, pero me permite explorar las lindes de mi capacidad de amar. Una prueba que me pone en contacto con mi contingencia. Una prueba que pone de manifiesto la paradoja de mi inmensa pequeñez, o de mi pequeña inmensidad.
Para mí, Betania es esperanza. Esperanza en un Evangelio hecho vida, eternamente nuevo, actual, de Jesús. Una esperanza de renovación, de propuesta de felicidad para mí y para todos. Una esperanza de reencuentro y reconciliación con la Revelación.
Para mí, Betania es libertad. Libertad para ser y para estar. Para dudar y para soñar. Para discrepar o para enfadarme sin miedo al abandono. Libertad para mostrarme débil, para desnudarme sin que la vergüenza llegue a impedírmelo o de no hacerlo sin sentir culpa por ello.
Para mí, Betania es un templo. El templo del Ser. El templo de la autenticidad y de la audacia. El único templo que no he pervertido en mayor o menor medida. El templo del silencio y del bullicio. El templo de la comunión y la eucaristía. El templo de las personas y de los milagros.
Para mí, Betania es acción. Es una vida puesta en juego y no un modelo o un marco teórico. Es una constante relación. Es un empeño por acoger a cada persona en su momento único y no poner etiquetas.
Para mí, Betania es Palabra. Palabra como referente insustituible, pero que se encuentra cada vez con personas nunca iguales y, por tanto, siempre desvelando una cara nueva. Palabra en la que confío aún cuando me deja indiferente.
Para mí, Betania es valoración. Es sentirme valorado por lo que soy y no por lo que tengo o por lo que sé. Es sentirme cuidado y ser capaz de recibir y aceptar cariño. Tantas veces mi fuente de energía y mi tabla de salvación. Dios cuidándome.
Para mí, Betania es escuela de desapego. Una escuela donde aprendo a desprenderme de lo que no merece la pena, a compartir sabiendo que, en realidad, lo que tengo no soy yo y ni siquiera es mío. Una escuela de providencia.
Para mí, Betania somos las Personas.
Para mí, Betania es una certeza. Una certeza que no necesita de proyectos que proyectan. Una certeza irracional y razonable. Una certeza que moviliza mi energía y la hace productiva. Una certeza que me hace valiente.
Para mí, Betania es fluir. Un fluir identificado e identificable, pero indefinido e indefinible. Un no dejar de avanzar sin dejar de estar en el sitio. Un fluir que es la aceptación del cambio e incluso, cada vez más, la celebración del cambio.
Para mí, Betania es una fiesta. Una fiesta alegre siempre que se puede y, cuando no, una fiesta oportuna, adecuada, especial cada vez. Una fiesta incontenible y con sentido.
Para mí, Betania es escucha. Una escucha atenta y de gran presencia. Una escucha aportada y recibida. Una escucha interna y externa que me mantiene en contacto con mi maestro interno y con los varios y variados rostros del Maestro, aunque acaso sea uno solo.
Para mí, Betania es una prueba. Una prueba constante que me incomoda y me desestabiliza. Una prueba que me mantiene alerta. Una prueba que, en ocasiones, me hace temerme a mí mismo, pero me permite explorar las lindes de mi capacidad de amar. Una prueba que me pone en contacto con mi contingencia. Una prueba que pone de manifiesto la paradoja de mi inmensa pequeñez, o de mi pequeña inmensidad.
Para mí, Betania es esperanza. Esperanza en un Evangelio hecho vida, eternamente nuevo, actual, de Jesús. Una esperanza de renovación, de propuesta de felicidad para mí y para todos. Una esperanza de reencuentro y reconciliación con la Revelación.
Para mí, Betania es libertad. Libertad para ser y para estar. Para dudar y para soñar. Para discrepar o para enfadarme sin miedo al abandono. Libertad para mostrarme débil, para desnudarme sin que la vergüenza llegue a impedírmelo o de no hacerlo sin sentir culpa por ello.
Para mí, Betania es un templo. El templo del Ser. El templo de la autenticidad y de la audacia. El único templo que no he pervertido en mayor o menor medida. El templo del silencio y del bullicio. El templo de la comunión y la eucaristía. El templo de las personas y de los milagros.
Para mí, Betania es acción. Es una vida puesta en juego y no un modelo o un marco teórico. Es una constante relación. Es un empeño por acoger a cada persona en su momento único y no poner etiquetas.
Para mí, Betania es Palabra. Palabra como referente insustituible, pero que se encuentra cada vez con personas nunca iguales y, por tanto, siempre desvelando una cara nueva. Palabra en la que confío aún cuando me deja indiferente.
Para mí, Betania es valoración. Es sentirme valorado por lo que soy y no por lo que tengo o por lo que sé. Es sentirme cuidado y ser capaz de recibir y aceptar cariño. Tantas veces mi fuente de energía y mi tabla de salvación. Dios cuidándome.
Para mí, Betania es escuela de desapego. Una escuela donde aprendo a desprenderme de lo que no merece la pena, a compartir sabiendo que, en realidad, lo que tengo no soy yo y ni siquiera es mío. Una escuela de providencia.
Para mí, Betania somos las Personas.
9/2/08
Preparando el alma
Yo te veo, Señor, con un hierro encendido
quemándome la carne hasta los huesos...
Sigue, Señor,
que de ese hierro
han salido
mis alas y mi verso.
León Felipe
quemándome la carne hasta los huesos...
Sigue, Señor,
que de ese hierro
han salido
mis alas y mi verso.
León Felipe
21/1/08
Ni tú ni yo somos los mismos
Después de su iluminación definitiva, el Buda estaba siempre en una actitud espontánea de amor benevolente. Desprendía paz y contento.
Cierto día iba paseando y se encontró con un hombre que le envidiaba. Al pasar junto a él, éste le escupió en pleno rostro. Después cada uno siguió su camino. Pero unos días más tarde, volvieron a cruzarse. El Buda le miró abiertamente a los ojos y le sonrió con afecto. Extrañado, el hombre preguntó:
- ¿Por qué me sonríes cuando hace unos días te escupí?
El Buda, apaciblemente, dijo:
- Amigo mío, porque tú no eres ya el que me escupió ni yo, el que recibió el escupitajo. Que tengas un buen día.
Cierto día iba paseando y se encontró con un hombre que le envidiaba. Al pasar junto a él, éste le escupió en pleno rostro. Después cada uno siguió su camino. Pero unos días más tarde, volvieron a cruzarse. El Buda le miró abiertamente a los ojos y le sonrió con afecto. Extrañado, el hombre preguntó:
- ¿Por qué me sonríes cuando hace unos días te escupí?
El Buda, apaciblemente, dijo:
- Amigo mío, porque tú no eres ya el que me escupió ni yo, el que recibió el escupitajo. Que tengas un buen día.
20/12/07
Tu vida es una página en blanco
Has escrito ya muchas páginas en tu libro;
unas son tristes y otras son alegres;
unas son limpias y claras,
otras son borrosas y oscuras.
Pero aún te queda una página en blanco:
la que has de escribir este día.
Te falta por llenar la página de hoy.
Piensa y cree que ésta sea
la página más bella, la más sentida.
Cada mañana al despertar
recuerda que aún tienes que escribir
la mejor de tus páginas,
le dirás lo mejor que tú puedes dejar
en el libro que estás escribiendo con tu vida.
Piensa que siempre te falta por escribir
la página más bella.
unas son tristes y otras son alegres;
unas son limpias y claras,
otras son borrosas y oscuras.
Pero aún te queda una página en blanco:
la que has de escribir este día.
Te falta por llenar la página de hoy.
Piensa y cree que ésta sea
la página más bella, la más sentida.
Cada mañana al despertar
recuerda que aún tienes que escribir
la mejor de tus páginas,
le dirás lo mejor que tú puedes dejar
en el libro que estás escribiendo con tu vida.
Piensa que siempre te falta por escribir
la página más bella.
Rabindranath Tagore
7/12/07
Adviento
¡Arriba, tú, hombrezuelo! ¡Huye un poco de tus ocupaciones! Entra un instante en ti mismo, apartándote del tumulto de tus pensamientos. Arroja lejos de ti las preocupaciones que te agobian y aparta de ti las inquietudes que te oprimen. Búscate tiempo para Dios y descansa. Habla con Dios y dile con todas tus fuerzas: "Quiero, oh Señor, buscar tu rostro". Señor mío y Dios mío, enseña a mi corazón dónde y cómo tengo que buscarte, dónde y cómo puedo encontrarte.
San Anselmo
28/10/07
La escuela en la que creo (4 y final, de momento) - una clara identidad
El asunto de la identidad es para mí imprescindible. Uno de los factores más educativos que conozco es la coherencia personal, pero aún es más potente la coherencia de un colectivo. Y no sólo desde parámetros de eficacia sino como signo inequívoco de que la comunión es posible, de que un conjunto de personas auténticas pueden formar una comunidad también auténtica sin necesidad de dejar de ser cada uno quien es.
Abordar las características de la buscada identidad es delicado. Supongo que uno puede intuir por dónde puede ir a la vista de todo lo escrito hasta ahora, pero no voy a dar una descripción detallada ya que, si realmente estamos dispuestos a lograr una identidad compartida, no la podemos definir previamente. He vivido la experiencia de los que intentan este consenso desde la fórmula de yo pongo las normas y te invito fraternalmente a que las acates y seas uno conmigo: qué gran engaño para todos, muchas veces con la mejor de las intenciones (y la peor de las inconsciencias). Sólo siendo absolutamente consciente de que conseguir una identidad colectiva conlleva una sincera apertura al cambio, ésta se puede alcanzar. No se consigue negociando y cediendo, sino escuchando y convergiendo "el viento sopla donde quiere y tú oyes su silbido; pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así le sucede al que ha nacido del Espíritu."
Alguna persona podrá pensar que mi propuesta es demasiado indeterminada, sí entiendo que debe haber un núcleo común de partida, también para ayudar a la clarificación de los que quieran unirse al proyecto. No se puede cambiar drásticamente de proyecto cada vez que llegue alguien nuevo. Sin embargo, es necesario un trabajo muy intenso para conseguir la convergencia de todos al proyecto común; cambiando adoctrinamientos por vivencias compartidas y ayudando siempre a discernir a la persona dónde está su sitio. No creo que haya una sola identidad válida y uno debe encontrar la suya.
Este planteamiento limita drásticamente las posibilidades de adhesión, ya que las líneas a seguir deben permitir esta plasticidad en la génesis del proyecto. Desde mi limitado conocimiento, la persona que mejor ha conjugado estos valores, que supo hacer comunidad y no gregarismo, que consiguió autoridad y permitió y fomentó que las personas crecieran en libertad, es Jesús de Nazaret. Creo en un escuela que busca su identidad a la luz del Evangelio de Jesús y, sobre todo, a la luz del modelo de relación personal que él propone y practica con maestría. Otra orientación más reciente pero, a mi juicio, con grandes similitudes en lo que a la relación se refiere, es la orientación centrada en la persona (iniciada por Carl Rogers). Existen experiencias muy interesantes en educación siguiendo esta orientación y creo que también me sentiría cómodo con este referente, aunque me faltaría algo.
Aquí termino, de momento, mi reflexión acerca de la escuela. Ya me satura tanta idea.
Abordar las características de la buscada identidad es delicado. Supongo que uno puede intuir por dónde puede ir a la vista de todo lo escrito hasta ahora, pero no voy a dar una descripción detallada ya que, si realmente estamos dispuestos a lograr una identidad compartida, no la podemos definir previamente. He vivido la experiencia de los que intentan este consenso desde la fórmula de yo pongo las normas y te invito fraternalmente a que las acates y seas uno conmigo: qué gran engaño para todos, muchas veces con la mejor de las intenciones (y la peor de las inconsciencias). Sólo siendo absolutamente consciente de que conseguir una identidad colectiva conlleva una sincera apertura al cambio, ésta se puede alcanzar. No se consigue negociando y cediendo, sino escuchando y convergiendo "el viento sopla donde quiere y tú oyes su silbido; pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así le sucede al que ha nacido del Espíritu."
Alguna persona podrá pensar que mi propuesta es demasiado indeterminada, sí entiendo que debe haber un núcleo común de partida, también para ayudar a la clarificación de los que quieran unirse al proyecto. No se puede cambiar drásticamente de proyecto cada vez que llegue alguien nuevo. Sin embargo, es necesario un trabajo muy intenso para conseguir la convergencia de todos al proyecto común; cambiando adoctrinamientos por vivencias compartidas y ayudando siempre a discernir a la persona dónde está su sitio. No creo que haya una sola identidad válida y uno debe encontrar la suya.
Este planteamiento limita drásticamente las posibilidades de adhesión, ya que las líneas a seguir deben permitir esta plasticidad en la génesis del proyecto. Desde mi limitado conocimiento, la persona que mejor ha conjugado estos valores, que supo hacer comunidad y no gregarismo, que consiguió autoridad y permitió y fomentó que las personas crecieran en libertad, es Jesús de Nazaret. Creo en un escuela que busca su identidad a la luz del Evangelio de Jesús y, sobre todo, a la luz del modelo de relación personal que él propone y practica con maestría. Otra orientación más reciente pero, a mi juicio, con grandes similitudes en lo que a la relación se refiere, es la orientación centrada en la persona (iniciada por Carl Rogers). Existen experiencias muy interesantes en educación siguiendo esta orientación y creo que también me sentiría cómodo con este referente, aunque me faltaría algo.
Aquí termino, de momento, mi reflexión acerca de la escuela. Ya me satura tanta idea.
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