19/7/10

Tristezas

Cuando recuerdo la piedad sincera
con la que en mi edad primera
entraba en nuestras viejas catedrales,
donde postrado ante la cruz de hinojos,
alzaba a Dios mis ojos,
soñando en las venturas celestiales;
hoy que mi frente atónito golpeo,
y con febril deseo
busco los restos de mi fe perdida,
por hallarla otra vez, radiante y bella,
como en la edad aquella,
¡desgraciado de mi!, diera la vida.
...

Gaspar Núñez de Arce

2/2/10

A propósito de Raquel

¡Ha llamado a mi puerta!

Y mi casa crece.
Y mi casa acoge.
Y la gente viene.
Algunos un día,
otros para siempre.

Y mi templo crece.
Y mi alma acoge.
Y la gente viene.

Y mi casa es nuestra.
Mía, tuya y de quien la quiere.
Acaso no ha estado ahí siempre.

Y me siento vivo,
a veces, alegre.
Siempre con sentido.
Y la gente llama.
Si quieres, te vienes.
Algunos un día,
otros para siempre.

(fragmento de "La isla de fuego", del autor del blog)

15/2/09

Nada

¿Y qué pasa cuando no me pasa nada?
¿Por qué si no siento me procupo?
¿acaso no me siento preocupado?

¿Por qué crece la distancia y ni me inmuto?
¿Por qué no me derrumbo?
¿Por qué sigo firme y erguido?
No sé si he perdido mi vida tortuosa
o si este no sentir es mi enemigo,
pero estoy tranquilo,
y sigo.

No sé si estoy viviendo,
pero estoy vivo.
Tendría que importarme y no me importa.
Sigo.

Miro alrededor y veo claro, blanco, diáfano.
No saturo los colores, las ideas ni los nervios.
Sólo estoy.
Sereno y vivo.

Esto es nuevo y me invento que me asusta,
pero miento.
La verdad es que acepto lo que siento:
que no siento.

Quizá está llegando
el cambio que anhelo.
Quizá no sé reconocerlo.
Quizá haya una semilla de lo viejo,
dudando de lo nuevo.

9/12/08

Cartografía de Adviento

"Allanad las colinas, rellenad los valles...",
facilitad el camino, el paso de algo tan grande.

Pues mi cuerpo está curtido de colinas y de valles,
el tiempo, lo sucedido, los calores y los fríos,
los dolores, los pesares, los ajenos y los míos,
los glaciares del invierno, los dehielos y sus ríos,
erosionan mi rostro de niño.


Los vientos huracanados y la brisa del Espíritu,
las tormentas, los granizos.
Las mareas.
Mi rostro de niño.


Voy a recorrer mis surcos,
y mis montes, y mis ríos.
Mis glaciares del invierno.
Si ha de pasar algo grande,
que se haga pequeño y recorra conmigo.
Que no soy relieve suave.
Dos sandalias y un bastón para el camino.


Que siento que pierdo.


Mi alma de niño.

25/11/08

Orientándonos

Los tres inventos decisivos para el paso de la Edad Media a la Edad Moderna fueron la pólvora, la brújula y la imprenta. La pólvora permitió acabar con los castillos, con el feudalismo; la brújula permitió las grandes navegaciones, poder cruzar los océanos y la imprenta permitió la difusión de las ideas. Pues resulta que los chinos tenían esos tres inventos desde mucho antes, pero no usaban la pólvora para la guerra sino para fuegos artificiales. Para un chino batirse con un artefacto tan ordinario como la pólvora era un acto indigno de un ser humano. La brújula también la conocían pero no la usaban, porque según su concepción de la vida, todo lo que necesitaban lo tenían dentro, ¿para qué salir? No sentían la menor necesidad de cruzar océanos para conquistar nuevos mundos. [...]
Y en cuanto a la imprenta, los chinos usaban unos bloques de madera para la impresión, pero el arte de la caligrafía les parecía algo muy superior y tan extraordinario que lo preferían mil veces a la tosquedad de la huella de los bloques.

José Luis Sampedro, en La ciencia y la vida.

26/9/08

Educar, conducir... navegar. Y navegar.

Así fue como Elisewin descendió hacia el mar del modo más dulce del mundo -sólo la mente de un padre podía imaginarlo-, llevada por la corriente, a lo largo de la danza hecha de curvas, pausas y titubeos que el río había aprendido en siglos de viajes, él, el gran sabio, el único que sabía el camino más hermoso y dulce y apacible para llegar al mar sin hacerse daño. Descendieron, con esa lentitud decidida al milímetro por la sabiduría materna de la naturaleza, introduciéndose poco a poco en un mundo de olores de cosas de colores que día tras día desvelaba, lentísimamente, la presencia lejana, y después cada vez más próxima, del enorme regazo que los esperaba. Cambiaba el aire, cambiaban las auroras, y los cielos, y las formas de las casas, y los pájaros, y los sonidos, y las caras de la gente en las orillas, y las palabras de la gente en sus bocas. Agua que se deslizaba hacia el agua, galanteo delicadísimo, los meandros del río como una cantinela del alma. Un viaje imperceptible. En la mente de Elisewin, sensaciones a millares, pero ligeras como plumas en vuelo.
Todavía hoy, en las tierras de Carewall, relatan todos aquel viaje. Cada uno a su manera. Todos sin haberlo visto nunca. Pero no importa. No dejarán nunca de relatarlo. Para que nadie pueda imaginar lo hermoso que sería si, para cada mar que nos espera, hubiera un río para nosotros. Y alguien -un padre, un amor, alguien- capaz de cogernos de la mano y encontrar ese río -imaginarlo, inventarlo- y de depositarnos sobre su corriente, con la ligereza de una sola palabra, adiós. Eso, en verdad, sería maravilloso. Sería dulce la vida, cualquier vida. Y las cosas no nos harían daño, sino que se acercarían traídas por la corriente, primero podríamos rozarlas y después tocarlas y sólo al final dejar que nos tocaran. Dejar que nos hirieran, incluso. Morir por ellas. No importa. Pero todo sería, por fin, humano. Bastaría la fantasía de alguien -una padre, un amor, alguien. Él sabría inventar un camino, aquí, en medio de este silencio, en esta tierra que no quiere hablar. Camino clemente, y hermoso. Un camino de aquí al mar.

Alessandro Baricco. Océano mar.

26/8/08

Una lectura que merece la pena

Es un hecho maravilloso y digno de reflexionar sobre él, que cada uno de los seres humanos es un profundo secreto para los demás. A veces, cuando entro de noche en una ciudad, no puedo menos de pensar que cada una de aquellas casas envueltas en la sombra guarda su propio secreto; que cada una de las habitaciones de cada una de ellas encierra, también, su secreto; que cada corazón que late en los centenares de millares de pechos que allí hay, es, en ciertas cosas, un secreto para el corazón que más cerca de él late.

Charles Dickens. Historia de dos ciudades.

Reflexiones e intuiciones de un caminante y compañero de caminos. Ideas que me hacen crecer.